El ferrocarril rético en los paisajes de Albula y Bernina es mucho más que una línea de tren: es un testimonio vivo de cómo la ingeniería de principios del siglo XX logró vencer el aislamiento de los Alpes centrales suizos. Declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2008, este conjunto ferroviario une dos rutas históricas que cruzan dos puertos de montaña y atraviesan algunos de los paisajes más espectaculares de Suiza. Recorrerlo hoy es asomarse a un pasado que sigue funcionando con la misma precisión que hace más de un siglo.
La línea del Albula, abierta en 1904, y la del Bernina, que data de 1910, suman 128 kilómetros de vías que serpentean entre montañas, glaciares y pueblos de montaña. No se trata de un museo estático, sino de una infraestructura activa que presta servicio diario a residentes y visitantes. Este reportaje propone un acercamiento pausado a su historia, su arquitectura y su relación con el entorno, con claves prácticas para quien desee recorrerlo con una mirada responsable.
Un patrimonio sobre raíles
La UNESCO inscribió este bien en 2008 bajo los criterios (ii) y (iv), reconociendo su valor como ejemplo excepcional de desarrollo ferroviario en alta montaña y su armonía con el paisaje. El ferrocarril rético, conocido como RhB por sus siglas alemanas, gestiona ambas líneas y mantiene un equilibrio entre la conservación del patrimonio y la operación moderna. Los trenes siguen circulando con regularidad, y muchas de las estructuras originales, como túneles y viaductos, continúan en uso.
El conjunto es un ejemplo sobresaliente de cómo el ferrocarril permitió superar el aislamiento de los asentamientos alpinos a principios del siglo XX. Tuvo un impacto socioeconómico duradero en la vida de montaña, facilitando el intercambio de personas, bienes e ideas. Además, representa una simbiosis poco común entre arquitectura, ingeniería civil y naturaleza.

El ferrocarril rético no solo unió valles remotos: tejió una nueva relación entre el ser humano y la montaña, basada en el respeto y la necesidad mutua.
La línea del Albula: 67 kilómetros de ingenio
La línea del Albula, en la parte noroccidental del sitio, fue inaugurada en 1904 y se extiende a lo largo de 67 kilómetros. Su trazado incluye 42 túneles y galerías cubiertas, además de 144 viaductos y puentes. Estas cifras dan una idea de la complejidad del terreno que debió superarse. El punto más conocido es el viaducto de Landwasser, una curva de piedra caliza que se adentra directamente en la roca de la montaña. Verlo en funcionamiento, con el tren asomando por el túnel, es una de esas imágenes que explican por qué este ferrocarril es único.
El recorrido del Albula conecta localidades como Thusis, Bergün y St. Moritz. A lo largo del trayecto, el paisaje cambia desde valles profundos hasta altiplanicies alpinas. La ingeniería no compite con el entorno: se integra en él. Los muros de piedra, los arcos de los viaductos y las pendientes calculadas con precisión son un testimonio de la calidad constructiva de la época.
El viaducto de Landwasser
Construido entre 1901 y 1903, el viaducto de Landwasser es una de las estructuras más fotografiadas de Suiza. Salva una garganta profunda y termina en un túnel excavado en la roca. Su diseño audaz y su estado de conservación lo convierten en un símbolo del ferrocarril alpino. No es necesario ser un experto en ingeniería para apreciar su belleza: basta con observar cómo el tren se desliza sobre los arcos y desaparece en la montaña.
La línea del Bernina: 61 kilómetros hacia el glaciar
La línea del Bernina, inaugurada en 1910, tiene 61 kilómetros y conecta St. Moritz con Tirano, ya en Italia. Aunque el sitio UNESCO se centra en el tramo suizo, la continuidad hacia Italia es parte de su historia. Esta línea es conocida por su proximidad al glaciar Morteratsch y por alcanzar altitudes notables sin recurrir a cremalleras en la mayor parte de su recorrido. Sus 13 túneles y galerías y 52 viaductos y puentes se distribuyen en un paisaje de alta montaña que cambia con las estaciones.

El punto más alto es la estación de Ospizio Bernina, a unos 2.253 metros sobre el nivel del mar. Allí, el paisaje es austero y grandioso: nieve, rocas y lagos glaciares. En invierno, el tren se convierte en un medio de transporte esencial para esquiadores y residentes. En verano, los excursionistas lo utilizan para acceder a rutas de senderismo de diversa dificultad.
El glaciar Morteratsch
Desde el tren, en los días despejados, se divisa el glaciar Morteratsch, uno de los más extensos de los Alpes orientales. Su retroceso es un recordatorio visible del cambio climático. El ferrocarril no causa este fenómeno, pero su presencia permite a los viajeros observar el paisaje y reflexionar sobre la fragilidad de estos entornos. La estación de Morteratsch ofrece acceso a senderos que se acercan al glaciar, siempre con las debidas precauciones.
Un ferrocarril que transformó la vida en los Alpes
Antes de la llegada del tren, muchas comunidades alpinas vivían en un aislamiento relativo, especialmente en invierno. La construcción de estas líneas supuso una revolución: permitió el transporte de mercancías, facilitó la atención médica y abrió la región al turismo. La UNESCO destaca el impacto socioeconómico duradero de este ferrocarril en la vida de montaña. Hoy, los pueblos a lo largo de la ruta dependen en parte del turismo, pero también mantienen actividades tradicionales como la ganadería y la agricultura de montaña.
El ferrocarril rético emplea a cientos de personas y es un motor económico regional. Su gestión combina la preservación del patrimonio con la innovación técnica, como la introducción de trenes más eficientes y la mejora de la accesibilidad. Los viajeros pueden contribuir a la sostenibilidad de la zona utilizando el transporte público, comprando en comercios locales y respetando el entorno natural.

Viajar en el ferrocarril rético es participar de una historia compartida: la de quienes construyeron estas vías y la de quienes hoy las mantienen vivas.
Arquitectura y paisaje: una simbiosis ejemplar
Una de las razones por las que este sitio fue inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial es la armonía entre las infraestructuras ferroviarias y el paisaje. Los viaductos de piedra, los túneles excavados en la roca y las estaciones de montaña se integran sin estridencias. No hay grandes hormigoneras ni estructuras metálicas que rompan la escala. La estética es sobria y funcional, pero también profundamente bella.
El uso de materiales locales, como la piedra caliza y la madera, contribuye a esa integración. Las pendientes y curvas se adaptan al terreno en lugar de forzarlo. Esta filosofía constructiva, vigente a principios del siglo XX, sigue siendo un referente para proyectos de infraestructura en zonas sensibles. El visitante puede apreciar estos detalles en cada estación y en cada tramo del recorrido.
Qué ver y cómo recorrerlo
El ferrocarril rético ofrece varias opciones para el viajero. La ruta completa entre Thusis y Tirano, pasando por St. Moritz, es una de las más completas. También es posible hacer tramos parciales, como el trayecto entre St. Moritz y Tirano, que incluye el Bernina Express, un tren panorámico con vagones acristalados. Otro tramo popular es el del Albula, entre Thusis y St. Moritz, que incluye el viaducto de Landwasser.
Los trenes circulan durante todo el año, aunque el horario puede variar según la temporada. Es recomendable consultar los horarios oficiales en la web del ferrocarril rético. En invierno, algunas rutas de senderismo pueden estar cerradas, pero el paisaje nevado compensa cualquier limitación. En verano, las flores alpinas y los prados verdes añaden color al recorrido.

Estaciones y pueblos con encanto
- Bergün: un pueblo de montaña con casas engadinesas tradicionales y un museo ferroviario.
- Preda: punto de partida de senderos y del famoso túnel helicoidal de Albula.
- Ospizio Bernina: la estación más alta de la línea, con vistas al glaciar y a los lagos glaciares.
- Poschiavo: ya en la vertiente italiana, con un centro histórico bien conservado.
- Tirano: final de la línea, con su arquitectura italiana y su ambiente animado.
Guía práctica
Para recorrer el ferrocarril rético en los paisajes de Albula y Bernina, conviene planificar con antelación. La red de trenes suizos es eficiente y puntual, pero los trenes panorámicos suelen tener alta demanda en temporada alta. Se recomienda reservar asiento si se viaja en el Bernina Express o en el Glacier Express (que comparte parte del trazado).
El material fotográfico y la vestimenta adecuada son importantes: en las zonas de alta montaña el clima puede cambiar rápidamente. Llevar capas, protección solar y calzado cómodo es aconsejable. Para los amantes de la fotografía, las mejores luces se dan a primera hora de la mañana y al atardecer, aunque el tren circula durante todo el día.
El respeto por el entorno es fundamental. No está permitido salirse de los senderos señalizados ni arrojar residuos. Las comunidades locales agradecen un turismo consciente que valore su patrimonio y su forma de vida. Comprar productos locales y utilizar el transporte público son formas sencillas de contribuir.
Cómo llegar
Las principales puertas de entrada son Zúrich, Basilea y Milán, con conexiones ferroviarias a Coira (Chur) y St. Moritz. Desde Coira se puede tomar el tren hacia Thusis y luego el Albula. Para el Bernina, el punto de partida habitual es St. Moritz. Los aeropuertos de Zúrich y Milán Malpensa están bien conectados con el sistema ferroviario suizo.

Cuándo viajar
Cada estación tiene su atractivo. El verano ofrece días largos y temperaturas suaves, ideales para combinar tren y senderismo. El otoño tiñe los bosques de colores cálidos. El invierno transforma el paisaje en un manto blanco, aunque algunas rutas de senderismo pueden estar cerradas. La primavera es menos predecible, pero los valles se llenan de flores.
Un viaje para recordar
El ferrocarril rético en los paisajes de Albula y Bernina es una experiencia que trasciende el simple hecho de viajar en tren. Es un encuentro con la historia, la ingeniería y la naturaleza en su estado más puro. Cada túnel, cada viaducto y cada curva cuentan una historia de esfuerzo y visión. El viajero que se detiene a observar con atención descubrirá que este ferrocarril no solo conecta lugares: conecta épocas.
Al final del recorrido, en Tirano o en St. Moritz, queda la sensación de haber sido testigo de algo excepcional. No hace falta ser un experto para apreciarlo. Basta con mirar por la ventana y dejarse llevar por el ritmo pausado del tren, mientras el paisaje alpino se despliega en toda su majestuosidad. Ese es, quizás, el mayor regalo de este viaje: la posibilidad de contemplar, sin prisa, la huella que el ser humano puede dejar cuando construye en armonía con la montaña.




