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A través del espinazo de Noruega: la travesía ferroviaria del Bergensbanen entre Oslo y los fiordos
Reportaje Atlas Lume
Europa

A través del espinazo de Noruega: la travesía ferroviaria del Bergensbanen entre Oslo y los fiordos

Una inmersión periodística a bordo de una de las obras de ingeniería ferroviaria más audaces del norte de Europa: casi quinientos kilómetros de vías que desafían la tundra ártica de Hardangervidda antes de descender hacia el laberinto marítimo de Bergen.

En el andén tres de la estación central de Oslo, el aire gélido de la mañana no huele a combustible quemado, sino a pino húmedo y a metal templado. Los trenes de la compañía estatal Vy esperan alineados con una sobriedad geométrica, despojados de la opulencia de los grandes convoyes de época, pero imbuidos de una funcionalidad impecable concebida para resistir el rigor escandinavo. A las ocho y veinticinco, el convoy de la línea de Bergen —el célebre Bergensbanen— inicia su marcha hacia el oeste con una suavidad eléctrica. No se trata únicamente de un enlace interurbano entre las dos mayores ciudades de Noruega; es, ante todo, una lección viva de geología, resistencia humana y transformación paisajística que cruza la meseta montañosa más vasta de Europa Septentrional.

El trayecto de 471 kilómetros requiere algo menos de siete horas para unir el fiordo de Oslo con la costa atlántica de Bergen. A lo largo de esta distancia, el convoy atraviesa 182 túneles y se eleva desde el nivel del mar hasta los 1.237 metros en la solitaria estación de Finse. El Bergensbanen no es una simple vía de comunicación, sino el monumento de acero con el que Noruega consolidó su cohesión territorial a comienzos del siglo XX. Para entender la magnitud de esta empresa, es preciso comprender el aislamiento secular en el que vivían las poblaciones del litoral occidental antes de su inauguración en 1909 por el rey Haakon VII, cuando el viaje entre ambas urbes dependía de largas y peligrosas navegaciones costeras o extenuantes travesías a caballo.

La génesis de un desafío orográfico y humano

La idea de tender una vía férrea a través de los glaciares y páramos del suroeste noruego se debatió durante décadas en el Storting, el parlamento nacional. Los escépticos consideraban que el invierno perpetuo de las cumbres derribaría cualquier infraestructura y que las ventiscas sepultarían los convoyes bajo metros de nieve compacta. Sin embargo, los ingenieros dirigidos por Hans Kornelius Lysaker y miles de obreros migrantes conocidos como rallare desafiaron la lógica cartográfica de su tiempo.

Los trabajadores se enfrentaron a temperaturas que con frecuencia caían por debajo de los treinta grados bajo cero, dinamitando roca granítica con mezclas inestables de nitroglicerina y cavando túneles a pico y pala. Durante los meses más crudos, las cuadrillas quedaban aisladas en barracones de madera clavados en la roca viva, mientras los suministros debían transportarse en trineos tirados por caballos a través de pasos innominados. La apertura del túnel de Gravahalsen, con más de cinco kilómetros de longitud perforados a mano en roca pura, supuso una de las mayores proezas de la ingeniería civil europea de su época.

Del verdor de Buskerud al silencio mineral de Hardangervidda

Al dejar atrás los suburbios residenciales de Drammen y bordear el lago Krøderen, las ventanillas del tren actúan como un visor panorámico en constante mutación. Los valles agrícolas del condado de Viken ceden el paso gradualmente a las masas forestales de Hallingdal, donde los ríos de deshielo fluyen encajonados entre abetos y granjas de madera pintadas con el tradicional rojo de Falu. A medida que el convoy supera las poblaciones de Flå, Nesbyen y Gol, el paisaje pierde su docilidad vegetal.

A través del espinazo de Noruega: la travesía ferroviaria del Bergensbanen entre Oslo y los fiordos

La vegetación se achaparra de manera drástica al aproximarse a Geilo, histórico epicentro del esquí nórdico situado a casi ochocientos metros de altitud. A partir de este enclave, los pinos y abedules enanos desaparecen por completo. El tren penetra en el Parque Nacional de Hardangervidda, una tundra de alta montaña de más de ocho mil kilómetros cuadrados modelada por glaciares prehistóricos. Aquí, la tierra se aplana en un horizonte infinito de lagos semihielados, líquenes resistentes y canchales de piedra gris que en invierno se convierten en un desierto blanco absoluto.

«Navegar por la meseta de Finse a bordo de un vagón caliente es presenciar la hostilidad más pura de la naturaleza sin sufrir su castigo; es el triunfo del ingenio humano frente al hielo eterno.»

Finse: el techo del trazado y la sombra del glaciar

En el kilómetro 302 se encuentra Finse, el punto más elevado de toda la red ferroviaria del norte de Europa. Carece de acceso por carretera: sólo se puede llegar en tren, en bicicleta durante los meses estivales a través del camino de servicio Rallarvegen, o con esquís de travesía en invierno. Al detenerse en su andén de madera, el viento racheado suele golpear los cristales con una fuerza intimidante.

Hacia el sur se alza la mole majestuosa del glaciar Hardangerjøkulen, cuya cúpula de hielo domina el horizonte visual. Finse conserva una mística particular ligada a la exploración polar; aquí se entrenaron figuras legendarias como Robert Falcon Scott, Ernest Shackleton y Fridtjof Nansen antes de sus expediciones a la Antártida y al Polo Norte, atraídos por la similitud térmica y orográfica de este páramo con los confines del planeta. En 1979, George Lucas eligió este mismo enclave para rodar las escenas del planeta helado Hoth en El Imperio Contraataca, aprovechando que las ventiscas reales ofrecían un dramatismo visual imposible de recrear en un estudio de cine.

La bifurcación de Myrdal y el prodigio vertical del Flåmsbana

Poco después de descender ligeramente desde Finse, el convoy principal se detiene en Myrdal, una solitaria estación de transferencia encaramada al borde de un abismo geográfico. Es en este punto donde convergen los viajeros que buscan experimentar el Flåmsbana, una de las líneas ferroviarias de ancho estándar más empinadas del mundo sin cremallera, que desciende ochocientos sesenta metros en apenas veinte kilómetros hasta la orilla del Aurlandsfjord, un brazo del majestuoso Sognefjord.

El transbordo hacia el tren verde del Flåmsbana revela una obra técnica desconcertante. Para salvar un desnivel del dieciocho por ciento sin deslizarse sobre los raíles, el trazado describe dieciocho curvas de herradura y atraviesa veinte túneles excavados en espiral dentro de la propia montaña. El descenso del Flåmsbana constituye un salto vertical vertiginoso donde las cascadas estruendosas como Kjosfossen salpican directamente la chapa exterior del vagón. En Kjosfossen, el tren realiza una parada de cinco minutos para que los viajeros puedan contemplar el rugido de millones de litros de agua pulverizada cayendo desde las alturas rocosas.

La vida en las orillas del fiordo

Al llegar al término de Flåm, en el fondo del valle, el contraste con la meseta ártica es abrumador. El aire húmedo y templado del mar penetra en el fiordo, permitiendo el crecimiento de huertos de manzanas y prados exuberantes flanqueados por paredes verticales de roca que se elevan mil metros sobre el agua color esmeralda. Flåm sirve además como punto de embarque para los ferris eléctricos que navegan en silencio por el Nærøyfjord, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO debido a su estrechez y a la espectacularidad de sus acantilados.

A través del espinazo de Noruega: la travesía ferroviaria del Bergensbanen entre Oslo y los fiordos

La bajada hacia la costa atlántica: Voss y el pulso fluvial

De regreso a la línea principal en Myrdal, el Bergensbanen retoma su marcha descendente hacia el oeste a través del valle de Raundal. La tundra da paso a cañones escarpados por los que discurren ríos de aguas bravas reconocidos internacionalmente por los aficionados al kayak extremo. La parada obligada antes de la costa es Voss, una villa situada a orillas del lago Vangsvatnet que funciona como capital indiscutible de los deportes de aventura en Noruega.

Voss conserva además un valor arquitectónico relevante, con su iglesia medieval de piedra del siglo XIII que sobrevivió a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. El tren aminora la marcha en esta sección, permitiendo apreciar cómo las laderas montañosas vuelven a poblarse de frondosos bosques de caducifolios y granjas ganaderas tradicionales escalonadas en terrazas imposibles.

Arribo a Bergen: el umbral de la Liga Hanseática

El tramo final transcurre a orillas del Sørfjord y del Veafjord, donde el convoy serpentea pegado a la línea de costa, cruzando túneles cortos que alternan la oscuridad total con destellos de agua salada salpicada de pequeñas embarcaciones pesqueras. Llegar a la estación terminal de Bergen en tren restituye el sentido original del viaje como una transición física y mental entre dos mundos ecológicos dispares.

La estación de Bergen, construida en piedra caliza con un sobrio estilo nacional-romántico e inaugurada en 1913, recibe al viajero en el corazón de una ciudad definida por su vínculo comercial marítimo. A escasos diez minutos a pie se despliega el célebre barrio de Bryggen, con sus casas comunales de madera de pino alineadas frente al muelle que antaño albergaron a los comerciantes de la Liga Hanseática que monopolizaban el comercio de bacalao seco traído desde las islas Lofoten.

Guía práctica para planificar la travesía ferroviaria

Realizar este viaje con el máximo aprovechamiento requiere ciertas consideraciones logísticas que van más allá de la simple compra de un billete estándar.

  • Reserva y estacionalidad: Los billetes para el Bergensbanen se abren a la venta habitualmente con noventa días de antelación a través del portal oficial Vy.no o la plataforma nacional Entur. Durante los meses de junio a agosto y la temporada invernal de esquí, la ocupación es muy elevada, por lo que es imprescindible asegurar asiento numerado. En el tren diurno, los asientos del lado izquierdo en sentido Oslo-Bergen ofrecen las mejores vistas de los cañones fluviales, mientras que el lado derecho resulta privilegiado en la meseta de Finse.
  • Equipaje y material a bordo: Los trenes están equipados con áreas designadas para equipajes voluminosos, portabicicletas (que requieren reserva previa) y tomas de corriente en cada fila. El vagón cafetería Vy Kafé ofrece café de especialidad, sándwiches tradicionales nórdicos de gambas o salmón y platos calientes locales como guisos de reno o albóndigas de carne.
  • Ciclismo en el Rallarvegen: Entre finales de julio y mediados de septiembre, es posible alquilar una bicicleta en Haugastøl o Finse, recorrer el histórico sendero de los obreros del ferrocarril hasta Flåm (aproximadamente 82 kilómetros) y devolver la bicicleta en la estación final antes de regresar en tren.
  • Tren nocturno: Para quienes prioricen el desplazamiento pragmático, Vy opera un servicio nocturno diario dotado de compartimentos con literas dobles confortables. No obstante, realizar la ruta de noche priva al viajero del colosal espectáculo paisajístico de la meseta.

Una reflexión sobre el valor del viaje pausado

En una era marcada por la inmediatez aérea de bajo coste, cruzar Noruega sobre raíles reivindica la escala geográfica como un elemento indispensable de la experiencia viajera. No se viaja al mismo lugar cuando se aterriza en una pista impersonal tras una hora de vuelo que cuando se asiste, minuto a minuto, a la transformación de los pastos templados en páramos árticos y de estos en fiordos milenarios. El Bergensbanen permanece como el testimonio de que el camino no es un simple intervalo entre dos puntos, sino la sustancia misma del conocimiento geográfico.

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