El otoño en el centro de México no solo trae consigo el descenso en las temperaturas y el cambio en lostonos de los paisajes rurales, sino también una de las ventanas atmosféricas más limpias del año. Al concluir el régimen de lluvias intensas del verano, la atmósfera experimenta un proceso de depuración natural donde el vapor de agua y las partículas en suspensión disminuyen notablemente. Este fenómeno meteorológico transforma las noches del Altiplano Central en un escenario privilegiado para la contemplación astronómica, permitiendo que aficionados y viajeros experimentados busquen refugio en las zonas circundantes a la Ciudad de México para reconectar con el firmamento.
Lejos del bullicio urbano y de la persistente contaminación lumínica que ahoga las constelaciones sobre la capital, los valles altos y las faldas volcánicas del Estado de México, Puebla e Hidalgo albergan rincones donde la oscuridad nocturna aún es un patrimonio protegido. Entre los meses de octubre y noviembre, la Tierra cruza los rastros de polvo dejados por cometas históricos, dando origen a tres eventos meteóricos principales que pueden disfrutarse sin requerir equipos ópticos costosos, apostando únicamente por la paciencia, la adaptación visual y el abrigo adecuado.
La transición estelar y el fin de la bruma veraniega
Comprender por qué el otoño resulta tan propicio para la observación astronómica requiere mirar hacia los ciclos climáticos del Eje Neovolcánico Transversal. Durante los meses estivales, la humedad constante genera una densa capa nubosa y atmosférica que dispersa la luz artificial, creando un domo luminoso sobre las grandes urbes. Con la llegada de octubre, los vientos del norte barren progresivamente este remanente húmedo, inaugurando la temporada seca que se extenderá hasta la primavera siguiente.

Esta limpieza paulatina del aire reduce drásticamente la turbulencia atmosférica, un factor crítico conocido en la ciencia como visibilidad y estabilidad del cielo. Mientras que en la megalópolis resulta una quimera distinguir más allá de las estrellas principales, a escasas dos o tres horas de trayecto, los cielos nocturnos recuperan su profundidad prístina. Las comunidades rurales y las áreas naturales protegidas que rodean la cuenca de México se convierten así en los miradores ideales para atestiguar el paso fugaz de los bólidos celestes.
Oriónidas: el legado luminoso del cometa Halley
El primer gran evento de este ciclo otoñal corresponde a las Oriónidas, cuya actividad se extiende desde principios de octubre hasta principios de noviembre, alcanzando su punto máximo habitualmente alrededor del 21 y 22 de octubre. Este fenómeno tiene un origen fascinante: los meteoros que surcan el cielo nocturno son en realidad diminutas partículas de polvo desprendidas por el célebre cometa Halley en sus sucesivos pasos cercanos al Sol a lo largo de los milenios.
Cuando la Tierra cruza esta órbita residual, los fragmentos ingresan a nuestra atmósfera a velocidades vertiginosas que rondan los 66 kilómetros por segundo. Al friccionarse con las capas altas del aire, se desintegran produciendo trazos luminosos sumamente veloces y brillantes, a menudo acompañados de estelas persistentes. Para observarlas con éxito desde el centro de México, los especialistas recomiendan situarse en espacios abiertos orientados hacia el este a partir de la medianoche, momento en el que la constelación de Orión asciende sobre el horizonte.

Táuridas del Sur y del Norte: la lentitud de los bólidos
Semanas más tarde, entre finales de octubre y mediados de noviembre, el firmamento ofrece un espectáculo de naturaleza distinta gracias a las Táuridas, divididas en dos corrientes: las del Sur y las del Norte. Este enjambre meteórico proviene de los restos del cometa Encke, un cuerpo celeste de corto período orbital. A diferencia de la velocidad vertiginosa de las Oriónidas, las Táuridas se caracterizan por su desplazamiento pausado a través de la bóveda celeste.
Las partículas de las Táuridas ingresan a la atmósfera a una velocidad considerablemente menor, aproximadamente 27 kilómetros por segundo. Esta menor velocidad permite que los observadores disfruten de meteoros más prolongados y, en ocasiones, de la aparición de bólidos excepcionalmente brillantes que iluminan el paisaje circundante con destellos anaranjados o azulados. Aunque su tasa horaria es moderada en comparación con otros eventos masivos del año, su calidad visual compensa con creces la espera.
El cielo nocturno del Altiplano Central mexicano no es solo un recurso paisajístico, sino un recordatorio de nuestra escala frente al cosmos, accesible a quien esté dispuesto a apagar las pantallas y esperar en silencio.
La geografía de la oscuridad: buscando los mejores horizontes
Elegir el sitio adecuado para presenciar estas lluvias de estrellas demanda salir de los circuitos turísticos convencionales y adentrarse en territorios donde la actividad humana nocturna es mínima. En las inmediaciones de la Ciudad de México, el Parque Nacional Izta-Popo Zoquiapan ofrece planicies de gran altitud que superan los tres mil metros sobre el nivel del mar, situando al observador por encima de una fracción considerable de la atmósfera densa.

Otro corredor de gran valor para la astrofotografía y la observación amateur se localiza en las zonas boscosas del municipio de Aculco y en las elevaciones colindantes con el estado de Hidalgo, como las inmediaciones de Huasca de Ocampo. En estos parajes, la topografía accidentada actúa como una barrera natural contra el resplandor urbano proveniente del Valle de México y de la ciudad de Pachuca, garantizando horizontes despejados hacia los puntos cardinales clave para el seguimiento de las trayectorias meteóricas.
Preparativos logísticos para una noche a la intemperie
Observar el cielo nocturno durante el otoño exige una rigurosa planificación logística, especialmente debido a las condiciones térmicas que imperan en las zonas altas del centro del país. Al descender el sol, la temperatura en parajes montañosos experimenta caídas drásticas que pueden alcanzar valores cercanos o inferiores al punto de congelación, por lo que el equipo de abrigo no debe dejarse al azar.
Se aconseja vestir bajo el principio de capas técnicas: una capa térmica inicial que expulse la humedad corporal, un forro polar aislante y una chamarra cortavientos e impermeable. Asimismo, resulta indispensable contar con linternas provistas de luz roja para preservar la adaptación nocturna de los ojos; la luz blanca de los teléfonos móviles arruina la visión en la oscuridad durante al menos veinte minutos, dificultando la detección de los meteoros más tenues.

La ciencia ciudadana y el respeto por el entorno nocturno
El auge del turismo astronómico en México ha puesto de relieve la necesidad urgente de proteger la calidad de los cielos oscuros frente a la expansión descontrolada del alumbrado público ineficiente. Organizaciones dedicadas a la divulgación científica recuerdan que la contaminación lumínica no solo afecta la investigación astronómica profesional, sino que altera profundamente los ciclos biológicos de la fauna nocturna y los polinizadores locales.
Participar en la observación de las Oriónidas y Táuridas implica también adoptar prácticas de bajo impacto ambiental. Esto incluye no encender fogatas no autorizadas, evitar el uso de pirotecnia que contamine lumínica y acústicamente el entorno, y llevar de regreso cualquier residuo generado durante la estancia en los parajes naturales protegidos.
Guía práctica
Fechas clave: Las Oriónidas alcanzan su pico entre el 21 y 22 de octubre; las Táuridas del Sur tienen su máxima actividad a principios de noviembre y las del Norte hacia mediados del mismo mes.
Ubicación sugerida: Áreas de alta montaña en el Parque Nacional Izta-Popo, valles altos de Aculco en el Estado de México y periferias rurales de Huasca de Ocampo en Hidalgo.
Requisitos de equipo: No se requieren telescopios ni binoculares; el campo visual amplio a simple vista es superior. Es obligatorio abrigo térmico extremo, bolsa de dormir y aislante para el suelo.
Consejo visual: Permita que sus ojos se adapten a la oscuridad durante al menos treinta minutos sin mirar pantallas iluminadas y dirija la mirada hacia los cuadrantes celestes más amplios y alejados de la contaminación lumínica residual.
Atribución periodística: Datos basados en los reportes astronómicos recopilados por Alan x el Mundo sobre las condiciones de observación en el Altiplano Central mexicano.

El silencio del firmamento como destino final
Tras horas de aguardo bajo la bóveda celeste, cuando el frío de la madrugada penetra las fibras de la ropa y el ritmo del mundo parece haberse detenido por completo, ocurre el instante que justifica la travesía. Un trazo brillante cruza con fuerza la constelación de Orión o un bólido naranja desciende perezosamente sobre el perfil lejano de los volcanes, recordándonos la fugacidad de nuestra propia existencia frente a la inmensidad del universo.
En esos momentos de comunión absoluta con la noche, la distancia entre la gran ciudad y la naturaleza silvestre se desvanece, dejando únicamente el eco luminoso de partículas cometa que decidieron quemarse en nuestra atmósfera tras viajar millones de kilómetros en la oscuridad del espacio profundo.
Fuente en ES: Alan x el Mundo (https://alanxelmundo.com/tres-lluvias-de-estrellas-de-otono-y-donde-verlas-cerca-de-mexico)




