A finales del siglo XIX, la idea de viajar sola constituía un acto de insubordinación social. Las normas victorianas exigían baúles interminables, corsés rígidos y la compañía constante de un varón protector. Sin embargo, un grupo excepcional de pioneras decidió subvertir estas reglas no solo cruzando fronteras geográficas, sino también despojándose del equipaje superfluo que simbolizaba su propia opresión. Viajar ligeras de equipaje era, en esencia, una declaración de independencia.
Este reportaje examina cómo aquellas mujeres transformaron la manera de moverse por el mundo, enfrentándose a la hostilidad institucional y a la incredulidad generalizada con astucia, determinación y una audacia sin precedentes. Sus historias no son meras anécdotas de tránsito, sino hitos fundamentales en la historia de la emancipación moderna.
El minimalismo radical de Nellie Bly
Cuando la periodista Nellie Bly propuso a los editores del New York World emular la ficticia hazaña de Phileas Fogg, la respuesta inicial fue el escepticismo. Le dijeron que una mujer jamás podría viajar sola y que necesitaría al menos un baúl gigantesco para transportar sus enseres. La réplica de Bly pasó a la historia: demostró que podía hacerlo más rápido y con una sola bolsa de mano.
El 14 de noviembre de 1889, Bly partió de Hoboken con un abrigo pesado, un vestido de cambio alternativo, algo de ropa interior y una pequeña bolsa de viaje que apenas pesaba unos kilogramos. Su minimalismo no respondía a una moda, sino a una necesidad táctica. Al prescindir de la impedimenta tradicional, podía subir y bajar de trenes y barcos con agilidad felina, sin depender de mozos ni de la burocracia que ralentizaba a los viajeros de la época.
La logística de la velocidad
Para cumplir su objetivo, Bly diseñó una ruta cronometrada al milímetro a través de Europa, el Canal de Suez, Ceilán, Hong Kong y el Pacífico. Su única bolsa contenía lo estrictamente esencial para sobrevivir al frío y al calor, además de un cuaderno y un tintero. La ligereza le permitió sortear imprevistos meteorológicos y retrasos portuarios que habrían arruinado a cualquier expedición cargada de comodidades burguesas.
Durante su periplo, la periodista comprobó que llevar menos peso equivalía a tener mayor control sobre su propio destino. Mientras los hombres de negocios cargaban con arcones llenos de trajes formales, Bly avanzaba ligera, integrada en el ritmo vertiginoso de los transportes modernos. Completó la vuelta al mundo en 72 días, 6 horas y 11 minutos, pulverizando el récord establecido en la novela de Jules Verne.

Jeanne Baret y el peso del engaño
Un siglo antes de la hazaña de Bly, otra mujer protagonizó un viaje extraordinario bajo una identidad fingida. Jeanne Baret se convirtió en la primera mujer en circunnavegar el planeta a bordo del navío La Boudeuse, integrado en la expedición científica de Louis Antoine de Bougainville. Para lograrlo, tuvo que adoptar el nombre de Jean y ocultar su condición biológica en un entorno profundamente misógino.
El equipaje de Baret no consistía en maletas elegantes, sino en fajas de lino para comprimir su pecho, ropa masculina áspera y una resistencia física sobrehumana. Su labor como asistente del botánico Philibert Commerson implicaba cargar con pesados especímenes de plantas, herramientas de campo y cuadernos de notas bajo condiciones climáticas extremas, todo ello mientras vivía con el temor constante a ser descubierta.
La botánica como coartada
El día a día de Baret en la expedición combinaba el rigor científico con el secreto absoluto. Entre la vegetación exuberante de Tahití y las costas de Isla Mauricio, recolectó miles de plantas junto a Commerson. Su capacidad para soportar las fatigas del viaje superó con creces la de muchos marineros veteranos.
Aunque su secreto fue finalmente descubierto —según los registros de la época, los naturales de Tahití fueron los primeros en advertir su verdadera identidad debido a su trato diferencial—, el legado de Baret perduró en la nomenclatura científica. Varias especies de plantas fueron bautizadas en su honor, reconociendo implícitamente una aportación que la historia oficial tardó siglos en reivindicar plenamente.
Isabella Bird y la inmersión cultural
La británica Isabella Bird sufría dolencias físicas crónicas que los médicos de la época atribuían a la histeria y a la debilidad propia de su sexo. Sin embargo, su salud mejoraba milagrosamente en cuanto se ponía en camino. A lomos de caballos, mulas o a pie, Bird recorrió los lugares más inaccesibles de Oriente Medio, las Montañas Rocosas, Japón y China, demostrando que la mejor medicina era la exploración sin prejuicios.

A diferencia de los turistas acomodados que exigían hoteles de lujo, Bird adoptaba las costumbres locales de transporte y alojamiento. En sus travesías por Persia o Corea, su equipaje se reducía a lo que cabía en las alforjas de una montura: instrumental médico básico, té, un cuaderno y ropa adecuada para soportar el lodo y la nieve.
“El verdadero viajero no busca la comodidad del hogar reflejada en espejos lejanos, sino la transformación interior que produce la intemperie.”
Su perspectiva etnográfica y su rechazo al confort occidental le permitieron escribir libros que siguen siendo obras de referencia. Bird comprendió que para entender una cultura no bastaba con observarla desde una litera imperial, sino que era necesario compartir el polvo de los caminos con sus habitantes.
Freya Stark y la ruta de los nómadas
En el periodo de entreguerras, Freya Stark se adentró en los territorios más remotos de Oriente Medio, explorando los valles prohibidos de Luristán y las rutas de los asesinos en los castillos de Alamut. Stark viajaba con lo mínimo indispensable, a menudo alojándose en tiendas bereberes o en humildes viviendas de adobe junto a comunidades locales.
Su equipaje reflejaba una absoluta priorización de la supervivencia y la comunicación: mapas detallados, medicamentos esenciales, un catalejo y escasos mudas de ropa ligera. Para Stark, cargar con objetos de lujo era una ofrenda innecesaria a los bandidos y una barrera psicológica que impedía establecer una relación de confianza con las poblaciones que visitaba.
La escritura como brújula
Stark utilizaba sus largos trayectos para redactar diarios detallados que más tarde se convertirían en ensayos literarios de gran profundidad estética. Su destreza con los idiomas locales —hablaba árabe, persa y turco con fluidez— suplía con creces cualquier carencia material.
La autora defendía que la verdadera elegancia del viajero radicaba en su capacidad de adaptación. En sus crónicas, el desierto no es un escenario hostil que deba conquistarse mediante la fuerza tecnológica, sino un espacio de silencio que exige respeto y humildad.

Alexine Tinne y la opulencia científica
En el extremo opuesto al minimalismo de Bly se situó la aristócrata holandesa Alexine Tinne, quien financió y lideró ambiciosas expediciones por el río Nilo y el Sáhara central a mediados del siglo XIX. Tinne no escatimaba en gastos: su equipaje incluía instrumentos fotográficos de última generación, carruajes especiales, tiendas de campaña imperiales y un séquito considerable.
Sin embargo, la complejidad logística de su impedimenta no respondía a un capricho frívolo, sino a una rigurosidad científica y artística excepcional. Tinne recopiló muestras botánicas, realizó mediciones meteorológicas y capturó imágenes pioneras de los pueblos africanos con una sensibilidad etnográfica muy avanzada para su época.
El precio de la ambición
La magnitud de sus caravanas atrajo la atención de corsarios y tribus locales en el desierto, un contexto geopolítico extremadamente complejo. A pesar de los riesgos fatales que finalmente segaron su vida en el Sáhara, la obra de Tinne demostró que las mujeres también podían liderar expediciones científicas a gran escala, compitiendo en ambición con las grandes sociedades geográficas europeas de su tiempo.
Ida Pfeiffer y la vuelta al mundo sin fortuna
La vienesa Ida Pfeiffer comenzó a viajar tarde, tras criar a sus hijos y enviudar, con recursos económicos sumamente escasos. Sin fortuna ni patrocinios institucionales, Pfeiffer recorrió el sudeste asiático, Oriente Medio, América y África central financiando sus trayectos mediante la venta de especímenes de historia natural y la publicación de sus diarios.
Su equipaje era un modelo de pragmatismo económico: una pequeña caja de madera para conservar insectos, un frasco con alcohol, papel secante, un cuaderno y dos vestidos sencillos. Pfeiffer dormía en chozas, comía lo mismo que los nativos y utilizaba barcos de carga para cruzar océanos.

“La curiosidad por conocer el mundo es más poderosa que el miedo a la intemperie y la estrechez económica.”
Su ejemplo inspiró a miles de mujeres europeas de clase media que creían que el viaje era un privilegio exclusivo de las élites masculinas adineradas.
Guía práctica
Cómo llegar: Las rutas históricas de estas pioneras pueden rememorarse hoy mediante vuelos internacionales a hubs principales como Nueva York, El Cairo o Colombo, conectados con redes ferroviarias locales.
Cuándo viajar: Los meses de otoño y primavera ofrecen las condiciones meteorológicas más favorables para recorrer los trayectos terrestres históricos sin soportar temperaturas extremas.
Requisitos de viaje: Es fundamental consultar la normativa de visados actual para cada país y contratar un seguro de viaje con cobertura internacional integral.
Consejo de equipaje: Al igual que Nellie Bly o Ida Pfeiffer, se recomienda viajar únicamente con equipaje de mano para ganar agilidad en los desplazamientos y evitar incidencias con las aerolíneas.
Presupuesto estimado: Los viajes de media y larga distancia dependen del tipo de transporte elegido; optar por transporte público local reduce drásticamente los costes diarios.

Lecturas recomendadas: La vuelta al mundo en 72 días de Nellie Bly y los diarios de viaje de Isabella Bird ofrecen una inmersión directa en esta mentalidad pionera.
Alojamiento: Se aconseja priorizar pequeños hoteles familiares y alojamientos independientes que fomenten el turismo sostenible y el apoyo a las economías locales.
Legado y memoria de las viajeras invisibles
El estudio de estas trayectorias permite reescribir la historia del turismo y de la exploración no como una disciplina exclusivamente masculina, sino como un terreno de conquista plural. Las maletas vacías, las alforjas austeras y los baúles improvisados de estas mujeres no solo transportaban ropa, sino también el germen de una nueva libertad.
Hoy en día, cuando la industria turística global tiende a la hipercomodidad y al exceso de equipaje, recordar a Nellie Bly, Jeanne Baret o Ida Pfeiffer nos invita a repensar nuestra propia relación con el movimiento. Menos peso, más curiosidad y una mirada abierta siguen siendo las mejores herramientas para adentrarse en lo desconocido.
Fuente en ES: El Viajero en EL PAÍS (https://elpais.com/elviajero/2026-08-31/el-equipaje-imposible-de-las-primeras-mujeres-viajeras-de-la-historia.html)




