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Bolivia a 6.000 metros: el Illimani, el Huayna Potosí y la conquista silenciosa de la Cordillera Real La Paz, la capital más alta del mundo, vive mirando hacia arriba. Detrás de sus tejados de ladrillo se levanta una muralla de picos nevados —el Illimani, el Huayna Potosí, el Illampu— que durante décadas fueron paisaje de […]

Reportaje Atlas Lume

Bolivia a 6.000 metros: el Illimani, el Huayna Potosí y la conquista silenciosa de la Cordillera Real

La Paz, la capital más alta del mundo, vive mirando hacia arriba. Detrás de sus tejados de ladrillo se levanta una muralla de picos nevados —el Illimani, el Huayna Potosí, el Illampu— que durante décadas fueron paisaje de fondo y hoy son, cada vez más, el destino en sí mismo. Con cifras de 2026 en la mano, Atlas Lume sube hasta el techo de Bolivia para entender por qué el país andino se ha convertido en uno de los laboratorios más interesantes del turismo de montaña en Sudamérica.

Por Cristian Álvarez — Director y CEO, Atlas Lume


Hay una postal que cualquiera que haya estado en La Paz reconoce sin necesidad de explicación: el Illimani, macizo de 6.438 metros, recortado contra un cielo que a esa altura parece más cercano que de costumbre, vigilando la ciudad desde el sureste como lo ha hecho —según la cosmovisión aimara— desde el principio de los tiempos. Los paceños no necesitan mirar un mapa para saber dónde están; les basta con levantar la vista.

Escribo esto después de revisar, durante semanas, los datos más recientes sobre el turismo boliviano, hablar con operadores de montaña que trabajan la Cordillera Real todos los inviernos australes, y volver una y otra vez a la misma pregunta que me hago cada vez que Atlas Lume decide dedicarle un reportaje de fondo a un país: ¿qué es lo que realmente está cambiando aquí, y por qué debería importarle a alguien que jamás haya pisado el Altiplano?

La respuesta, en el caso de Bolivia en 2026, tiene nombre y apellido: montaña.

Un país que vuelve a mirarse a sí mismo

Bolivia cerró 2025 con más de 2,6 millones de visitantes, entre nacionales y extranjeros, según cifras del Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE) elaboradas con datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Es un salto relevante frente a los 2,37 millones registrados en 2024, y confirma una recuperación sostenida desde 2021, cuando el sector aún arrastraba las heridas de la pandemia.

Lo interesante no es solo el volumen, sino su composición. Del total de 2025, el 57% correspondió a turismo interno —1.505.959 bolivianos moviéndose dentro de su propio país— y el 43% restante, 1.145.165 personas, llegó desde el extranjero. Cinco mercados concentraron el 74% de ese turismo internacional: Perú, Argentina, Brasil, Chile y Estados Unidos, en ese orden de peso.

El pulso no se ha detenido en 2026. Hacia mayo de este año, Bolivia ya sumaba 1.244.339 visitantes acumulados —668.207 nacionales y 576.132 extranjeros—, una trayectoria que, de mantenerse, volvería a superar el resultado del año anterior. En cuanto al gasto, el patrón es revelador de cómo viaja hoy el turista que llega a Bolivia: el 61% de los desembolsos de los visitantes extranjeros se concentra en alimentación y bebidas (27%), alojamiento (17%) y transporte interno (17%). No es un turismo de lujo desconectado del territorio; es un turismo que come en mercados, duerme en pensiones familiares y se mueve en minibús. Eso, para quien haya viajado por los Andes, lo dice casi todo sobre el carácter del visitante boliviano promedio: mochilero, curioso, dispuesto a incomodarse un poco a cambio de autenticidad.

Pero hay un dato de fondo que explica por qué Bolivia empieza a aparecer con más frecuencia en las conversaciones de la industria global de viajes. En abril de 2026, el Growth Lab de la Escuela Kennedy de Harvard —dirigido por el economista Ricardo Hausmann, con un estudio temático sobre turismo firmado junto a Tim Freeman— publicó un análisis contundente: Bolivia exportó 1.106 millones de dólares en viajes y turismo durante 2024, cuando sus fundamentos estructurales —Salar de Uyuni, ecosistemas únicos, patrimonio cultural de primer orden— sugieren que debería haber exportado 1.480 millones. La brecha, según el informe, no es de demanda sino de conectividad aérea y reglas de inversión. Bolivia ya firmó memorandos hacia acuerdos de Cielos Abiertos con Brasil, Chile, Paraguay y Panamá, y American Airlines manifestó interés en restablecer vuelos directos a Estados Unidos. La demanda existe. Lo que faltaba —y empieza a llegar— son los aviones.

Todo esto importa porque el turismo de montaña, el que se juega literalmente a 6.000 metros sobre el nivel del mar, es uno de los productos que mejor sintetiza esa oportunidad: exige poca infraestructura pesada, se apoya en guías y comunidades locales, y ofrece una experiencia que ningún otro país de la región puede replicar con la misma facilidad de acceso.

Illimani: la montaña que vigila la ciudad más alta del planeta

El Illimani no es solo el pico más alto del departamento de La Paz; es, en el imaginario aimara, una de las Apus —montañas sagradas, protectoras del territorio—, hermanado ancestralmente con el Mururata, la montaña vecina cuya cima truncada, según la leyenda, fue «decapitada» en una disputa mítica entre gigantes de piedra.

Con sus 6.438 metros, el Illimani domina el horizonte oriental de La Paz y es visible, en días despejados, desde prácticamente cualquier punto elevado de la ciudad. Su ascenso es una empresa seria: a diferencia del Huayna Potosí, el Illimani exige varios días de expedición, aclimatación progresiva y experiencia técnica en terreno glaciar. Las rutas comerciales que operan agencias especializadas típicamente contemplan entre 5 y 7 días desde La Paz, con al menos dos noches de campamento en altura —usualmente en Puente Roto (unos 4.700 m) y Campamento Nido de Cóndores, cerca de los 5.500 metros— antes del intento de cumbre, que suele iniciarse de madrugada para aprovechar la nieve compactada por el frío nocturno.

No es una montaña para principiantes. Requiere condición física sólida, experiencia previa en crampones y piolet, y —sobre todo— tiempo para que el cuerpo se adapte a una altitud en la que el aire contiene apenas el 47% del oxígeno disponible a nivel del mar. Quienes lo logran describen la misma sensación: desde la cumbre, la vista se despliega sobre el Altiplano, el lago Titicaca en la distancia y, hacia el norte, la silueta del Huayna Potosí y el Illampu recortándose contra el cielo.

Lo que hace del Illimani un caso de estudio interesante para el turismo boliviano de 2026 no es solo su atractivo alpinístico, sino su relación con la ciudad que domina. La Paz ha construido buena parte de su identidad turística reciente alrededor de esa cercanía casi doméstica con picos de seis mil metros —algo que ninguna otra capital del mundo puede ofrecer con la misma inmediatez—. Se puede desayunar en un café de la Zona Sur paceña y, ocho horas después, estar acampando en la falda de un glaciar. Esa compresión de distancias, entre la vida urbana y la alta montaña, es uno de los grandes activos —todavía subexplotados, según el propio informe de Harvard— del turismo boliviano.

Huayna Potosí: la puerta de entrada al montañismo de altura

Si el Illimani es la montaña que se mira, el Huayna Potosí es la montaña que se sube. Ubicado a apenas 32 kilómetros de La Paz, en la Cordillera Real, sus 6.088 metros lo convierten —con el debido respeto a la exigencia real de la ruta— en una de las cumbres de seis mil metros más accesibles del planeta para alpinistas con condición física adecuada, guía competente y equipo técnico. Su nombre, en aimara, significa literalmente «Cerro Joven» (wayna, joven; potosí, cerro), un nombre curiosamente humilde para una montaña que corona a quien la sube con la posesión, de por vida, de haber tocado los seis mil metros.

La ruta más habitual se organiza en dos o tres días. El primer día consiste en trasladarse desde La Paz —normalmente por la zona del Paso Zongo— hasta el campamento base, a unos 4.700 metros, donde los equipos suelen dedicar la tarde a practicar técnicas básicas de escalada en hielo sobre el glaciar inferior: uso de crampones, piolet y cuerdas de seguridad, esenciales para quienes llegan sin experiencia previa en terreno glaciar. La segunda jornada implica el ascenso hasta el Campamento Alto, entre los 5.200 y los 5.500 metros según la operadora, donde se pernocta antes del empujón final.

El día de cumbre comienza, invariablemente, en plena madrugada —alrededor de la 1:00 a.m.—, cuando la nieve está más firme y el riesgo de desprendimientos es menor. La ruta atraviesa el glaciar hasta llegar a tramos más empinados, como el conocido «Pala Chica», cerca de los 5.600 metros, un pasaje de hielo y nieve que exige atención técnica. El tramo final hacia la cumbre se resuelve por una cresta expuesta, y desde ahí arriba la recompensa es, según describen quienes lo han vivido, uno de los panoramas más completos de la Cordillera Real: el Illimani (6.439 m) hacia el sur, el Illampu (6.368 m) hacia el norte, y el lago Titicaca y el Altiplano extendiéndose hacia el oeste como una alfombra ocre y azul.

La temporada recomendada para el ascenso va de mayo a septiembre, coincidiendo con el invierno austral, cuando el clima en la Cordillera Real es más estable. Fuera de esa ventana, la montaña se puede subir todo el año, pero las condiciones se vuelven considerablemente más impredecibles.

Lo que ha convertido al Huayna Potosí en uno de los productos turísticos más consolidados de Bolivia es precisamente esa combinación poco frecuente: una montaña de seis mil metros genuinamente exigente, pero abordable en un fin de semana largo, con salida logística desde una ciudad capital y una industria local de guías y agencias —muchas de ellas cooperativas paceñas con décadas de trayectoria— que ha profesionalizado el acceso sin perder el carácter artesanal de la experiencia.

Más allá de las cumbres: el ecosistema que sostiene la montaña

Ningún relato honesto sobre el turismo de montaña boliviano puede quedarse solo en el paisaje. El informe de Harvard de abril de 2026 pone sobre la mesa un dato que Atlas Lume considera central: el turismo comunitario, cuando está bien estructurado, no solo reparte mejor los beneficios económicos, sino que sostiene el ecosistema completo que hace posible experiencias como la del Huayna Potosí o el Illimani.

El estudio documenta, por ejemplo, el caso de la red Tayka, que integra propiedad comunitaria, empleo local y reparto de ingresos en distintos municipios del suroeste boliviano. Entre 2012 y 2024, el municipio de Colcha «K» vio crecer su empleo turístico hasta unos 300 trabajadores vinculados al sector; San Pablo llegó a 204. En contraste, Tahua —donde el lodge de la red existe, pero el ecosistema de servicios asociados no se desarrolló con la misma fuerza— se mantuvo casi estancado. La lección es clara y aplicable también al entorno de la Cordillera Real: la infraestructura sola no genera desarrollo si no está acompañada de una cadena de valor local —guías, transportistas, cocineras, arrieros, artesanos— que retenga el gasto del visitante dentro del territorio.

Es exactamente ese tipo de cadena la que sostiene, silenciosamente, cada expedición al Huayna Potosí o al Illimani: los guías de montaña bolivianos, muchos de ellos formados en escuelas locales de andinismo con estándares internacionales, las cocineras de los campamentos base, los arrieros que trasladan el equipo, las familias que administran los refugios. Cuando un visitante paga por un ascenso de dos o tres días, ese dinero se distribuye —si la operación está bien gestionada— entre una red de decenas de personas, no solo entre la agencia que vende el paquete.

El contexto que todo viajero debería conocer antes de subir

Bolivia no es un destino de piloto automático, y sería una falta de rigor periodístico presentarlo como tal. El propio sector turístico boliviano reconoce, a través de voces como la Cámara Boliviana de Turismo (Cabotur), dos desafíos estructurales que cualquier viajero —y cualquier medio que cubra el país con seriedad— debe tener presentes en 2026.

El primero es estadístico: Bolivia todavía no cuenta con un sistema robusto de segmentación de datos turísticos —de dónde vienen los visitantes, cuánto tiempo permanecen, qué tipo de experiencia buscan—, lo que dificulta una promoción internacional más precisa y limita, en cierta medida, la capacidad del país de posicionarse estratégicamente frente a competidores regionales como Perú o Chile.

El segundo es más delicado: los conflictos sociales y los bloqueos de carreteras, un fenómeno recurrente en la vida pública boliviana, pueden interrumpir con poco margen de aviso el acceso a determinadas rutas o regiones. Para quien planifica un ascenso al Illimani o al Huayna Potosí, la recomendación práctica de Atlas Lume es la de siempre en destinos con esta característica: viajar con agencias locales establecidas, mantener flexibilidad en las fechas y seguir de cerca la información oficial y de comunidad viajera en los días previos a la salida.

Dicho esto, ninguno de estos desafíos ha frenado el crecimiento del sector. Al contrario: son, en gran medida, la razón por la cual Bolivia conserva todavía ese carácter menos intervenido, menos empaquetado, que atrae a un tipo particular de viajero: el que busca la montaña sin el filtro de una industria turística ya completamente estandarizada.

Por qué Bolivia importa ahora

Cuando en Atlas Lume decidimos qué destinos merecen un reportaje de fondo, no buscamos únicamente belleza —eso, en los Andes, sobra en casi cualquier dirección que se mire—. Buscamos momentos: países que están en un punto de inflexión, donde la infraestructura, la demanda internacional y la identidad cultural convergen de una manera que vale la pena documentar antes de que el destino cambie de fase.

Bolivia, en 2026, está exactamente en ese punto. Tiene la demanda —2,6 millones de visitantes y subiendo—. Tiene el activo diferencial —una cordillera de picos de seis mil metros a las puertas de su capital, algo que ningún otro país sudamericano ofrece con esa inmediatez—. Y tiene, según el propio análisis de Harvard, un techo de crecimiento considerable por delante, condicionado a mejoras en conectividad aérea y en las reglas de juego para la inversión turística, procesos que ya están, aunque lentamente, en marcha.

Para quien lee esto pensando en su próximo viaje: el Huayna Potosí sigue siendo, probablemente, la forma más accesible del planeta de tocar los seis mil metros por primera vez. El Illimani, para quien ya tiene experiencia y busca algo más exigente, ofrece una de las expediciones de alta montaña más completas de los Andes tropicales. Y La Paz, entre ambos, sigue siendo esa rareza geográfica y humana: una capital que respira a más de 3.600 metros y que, en las mañanas despejadas, todavía se detiene un segundo a mirar hacia el Illimani, como lo hace desde hace siglos.


Datos de turismo: Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE) e Instituto Nacional de Estadística (INE) de Bolivia, 2025-2026. Análisis económico: Growth Lab, Harvard Kennedy School, «Un Giro Económico para Bolivia» (Working Paper N.º 266, abril 2026). Datos de ruta y altitud: operadores de montaña con actividad activa en la Cordillera Real. Cristian Álvarez es Director y CEO de Atlas Lume.

Joaquín FerreiraExplora más lejos.

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