El viaje comienza en el punto donde el aire huele a pino húmedo y la niebla matutina lame los tejados de pizarra de Coira, la ciudad más antigua de Suiza. Aquí, en el cantón de los Grisones, las vías del tren no se limitan a conectar dos puntos geográficos; trazan un hilo invisible entre dos mundos climáticos, lingüísticos y culturales radicalmente opuestos. El Bernina Express, operado por la histórica compañía Rhätische Bahn (Ferrocarril Rético), no es un tren de alta velocidad diseñado para devorar kilómetros a toda prisa. Es un mirador en movimiento, un prodigio de la ingeniería del siglo XX que asciende desde los valles templados del norte de los Alpes hasta los glaciares eternos de la alta montaña, para luego precipitarse con elegancia hacia la calidez mediterránea de Tirano, ya en territorio italiano. Completar esta ruta es comprender la escala del relieve alpino y admirar una obra civil tan respetuosa con el entorno que la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad en 2008.
El contexto histórico: la audacia contra la roca y la pendiente
A finales del siglo XIX, la idea de conectar el norte y el sur de los Alpes mediante un ferrocarril de vía estrecha que no requiriera de sistemas de cremallera parecía una fantasía de visionarios utópicos. Sin embargo, los ingenieros suizos asumieron el reto con una premisa inquebrantable: el trazado debía adaptarse a la montaña, no la montaña al trazado. Inaugurada por tramos entre 1908 y 1910, la línea del Bernina se diseñó para superar desniveles asombrosos confiando únicamente en la adherencia de las ruedas sobre los raíles de acero. La línea del Bernina supera pendientes del 7% sin cremallera, una cifra que sigue figurando entre las más empinadas del mundo para ferrocarriles convencionales. Este logro técnico no solo requirió locomotoras excepcionalmente potentes para la época, sino también una audacia arquitectónica sin precedentes, plasmada en 55 túneles y 196 puentes y viaductos que salpican los 122 kilómetros de recorrido desde Coira hasta Tirano.
El Bernina Express no es simplemente un medio de transporte, sino un mirador en movimiento que desafía las leyes de la gravedad para unir dos mundos climáticos opuestos.
El punto de partida: la sobria elegancia de Coira
Coira, o Chur en alemán, recibe al viajero con la serenidad de una urbe que ha visto pasar los siglos desde la época romana. Rodeada de viñedos y custodiada por cumbres imponentes, su casco histórico peatonal es el preámbulo perfecto para el viaje. Al subir a los vagones panorámicos del Bernina Express, el diseño interior llama de inmediato la atención: enormes ventanales acristalados que se curvan hacia el techo, permitiendo una visibilidad casi total de las copas de los árboles y las cumbres que pronto se alzarán a los lados de la vía. El traqueteo inicial es suave, casi imperceptible, mientras el tren abandona la estación y se adentra en el valle del Rin Posterior, pasando junto a castillos medievales en ruinas que vigilan los pasos de montaña desde sus promontorios de roca.
El viaducto de Landwasser: donde el tren desafía al vacío
A medida que el convoy gana altura, el paisaje se vuelve más dramático. El primer gran hito del viaje se anuncia con un cambio sutil en el sonido de las ruedas sobre los raíles. Nos aproximamos al viaducto de Landwasser, una estructura monumental de piedra caliza oscura que se eleva 65 metros sobre el fondo del cañón del mismo nombre. Construido en 1901 sin andamios, utilizando únicamente dos grúas pórtico de madera, el viaducto describe una curva perfecta de 100 metros de radio. La experiencia desde el interior del coche panorámico es sobrecogedora: al mirar por la ventana, se puede observar la locomotora roja describir la curva en el aire antes de desaparecer de inmediato en la roca. El viaducto de Landwasser introduce al tren directamente en un túnel excavado en la roca vertical, creando una de las transiciones visuales más espectaculares y fotografiadas del mundo ferroviario. El abismo a un lado y la solidez de la piedra al otro sintetizan la filosofía de toda la ruta.

El valle de la Engadina: prados alpinos y arquitectura tradicional
Superado el viaducto, el tren se adentra en el valle de la Engadina, una llanura aluvial de alta montaña donde el aire se vuelve notablemente más frío y diáfano. Aquí, el paisaje se suaviza temporalmente para mostrar pueblos de postal como Samedan y Pontresina. Las casas de la Engadina, con sus gruesos muros de piedra decorados con la técnica del esgrafiado tradicional y sus ventanas profundamente hundidas para protegerse del crudo invierno, parecen brotar de la misma tierra. En este tramo, el romanche, la cuarta lengua oficial de Suiza, se escucha en los anuncios de la megafonía del tren, recordando al pasajero la profunda fragmentación cultural que la geografía de los Alpes ha preservado a lo largo de las centurias. Los alerces, que en otoño se tiñen de un dorado encendido y en invierno se cubren de una densa capa de nieve polvo, flanquean las vías en un ascenso constante hacia el corazón del macizo del Bernina.
La alta montaña: el silencio blanco de Ospizio Bernina
El clímax geográfico del viaje se alcanza al superar la línea de los árboles. La vegetación desaparece, dejando paso a un desierto de roca, hielo y agua helada. El tren bordea el Lago Bianco, un embalse cuyas aguas presentan un color verde lechoso debido al «polvo de glaciar» en suspensión que desciende de las cumbres adyacentes. En este punto, el paisaje se torna de un minimalismo sobrecogedor, especialmente en los meses de invierno, cuando el lago se congela por completo y se confunde con el horizonte nveado. Ospizio Bernina, a 2.253 metros sobre el nivel del mar, marca el techo del trayecto y funciona como la estación a mayor altitud de toda la red de la Rhätische Bahn. Aquí no hay árboles ni praderas; solo la inmensidad de los glaciares de Cambrena y la silueta imponente del Piz Bernina, el gigante de cuatro mil metros que vigila el paso. El tren se detiene unos instantes, permitiendo a los viajeros contemplar la desolada belleza de un entorno donde el ser humano es solo un visitante de paso.
Alp Grüm: una pausa suspendida entre el hielo y el valle
Poco después de iniciar el descenso por la vertiente sur, el Bernina Express realiza una parada técnica en Alp Grüm, una estación aislada a la que solo se puede acceder en tren o a pie. Situada a 2.091 metros de altitud, su terraza ofrece una de las panorámicas más completas de la ruta. Desde este balcón natural, la vista se desploma hacia el glaciar de Palü, cuyas lenguas de hielo parecen derramarse sobre una laguna turquesa, mientras que al mirar hacia el sur se adivina, miles de metros más abajo, el verde intenso del valle de Poschiavo. El restaurante de la estación, construido en piedra rústica local, invita a degustar un trozo de pastel de nueces de la Engadina (Bündner Nusstorte) mientras se contempla el abismo. Es el último bastión del clima alpino severo antes de que el viaje cambie de registro de forma definitiva.
El descenso vertiginoso hacia el valle de Poschiavo
La bajada desde Alp Grüm es una lección de física aplicada y pericia de conducción. En apenas unos kilómetros, el tren debe perder más de mil metros de altitud. Para lograrlo sin recurrir a túneles helicoidales interminables, las vías describen una serie de cerradas curvas en herradura por la ladera de la montaña. Los pasajeros experimentan un cambio notable en la temperatura exterior y en la vegetación: los pinos cembras dan paso a los abetos, luego a los castaños y, finalmente, a los huertos frutales. Al llegar a Poschiavo, la capital del valle de habla italiana, la arquitectura cambia drásticamente. Las iglesias de aguzadas agujas góticas son reemplazadas por campanarios de estilo barroco lombardo, y las fachadas de las casas se pintan de tonos pastel amarillos y rosados, anunciando la inminente proximidad del territorio italiano.

El viaducto helicoidal de Brusio: la curva perfecta
Antes de cruzar la frontera, la ingeniería rética reserva su última y más célebre sorpresa. En las inmediaciones de la localidad de Brusio, el espacio disponible en el fondo del valle es tan estrecho que resulta imposible trazar una pendiente directa que el tren pueda digerir de forma segura. La solución adoptada por los ingenieros en 1908 fue tan sencilla como genial: construir un viaducto en espiral de nueve ojos de piedra que permite al tren dar una vuelta completa sobre sí mismo en el aire para perder altura gradualmente. El viaducto helicoidal de Brusio resuelve un desnivel de veinte metros en un radio de solo cien metros, ofreciendo una coreografía visual perfecta donde la parte trasera del tren pasa por debajo de la locomotora mientras esta desciende. Ver el convoy rojo deslizarse con parsimonia por esta estructura de mampostería gris, integrada entre prados y huertos de manzanos, es asistir al triunfo de la armonía entre la técnica humana y el paisaje agrícola tradicional.
El destino final: el aroma a café y sol de Tirano
El tramo final del viaje cruza la frontera invisible entre Suiza e Italia de la manera más natural posible: el tren circula por el centro de la calle principal de la localidad fronteriza de Campocologno, compartiendo el asfalto con los coches y los peatones como si de un tranvía urbano se tratase. Pocos minutos después, el Bernina Express hace su entrada en la estación de Tirano, en la región italiana de Lombardía, situada a tan solo 429 metros sobre el nivel del mar. El contraste con el punto de partida es absoluto. En apenas cuatro horas, el viajero ha descendido desde los glaciares eternos hasta un valle donde crecen las higueras, las vides y las palmeras. El aire frío de la montaña es sustituido por una brisa cálida y el olor a café expreso recién hecho que emana de las cafeterías de la Piazza Basilica. Tirano invita a pasear sin prisa por sus palacios renacentistas y a disfrutar de un plato de *pizzoccheri*, la pasta de trigo sarraceno típica de la Valtelina, antes de emprender el viaje de regreso.
Guía práctica para el viajero independiente
Para exprimir al máximo esta experiencia única en los Alpes, es fundamental planificar ciertos detalles logísticos con antelación, distinguiendo entre las diferentes opciones de viaje que ofrece la línea ferroviaria.
¿Bernina Express o tren regional convencional?
Esta es la decisión de planificación más importante que debe tomar el viajero:
- El Bernina Express oficial: Cuenta con vagones panorámicos con amplios ventanales que llegan hasta el techo. Requiere reserva de asiento obligatoria con un suplemento sobre el precio del billete. Es ideal para quienes buscan comodidad absoluta, explicaciones audioguiadas a bordo y un viaje directo sin transbordos. Sin embargo, las ventanas de estos coches no se pueden abrir, lo que puede generar reflejos molestos a la hora de hacer fotografías.
- Los trenes regionales de la Rhätische Bahn: Circulan por las mismas vías exactas y con la misma frecuencia (aproximadamente uno cada hora). No requieren reserva de asiento ni suplemento, y están incluidos de forma directa en pases como el Swiss Travel Pass o el Eurail. Sus ventanas se pueden bajar en la parte superior, lo que permite sentir el aire puro de la montaña en la cara y realizar fotografías limpias, sin reflejos de cristal. Son la opción preferida por los fotógrafos y los viajeros que desean flexibilidad.
Planificación y tarifas
La línea del Bernina está operativa durante todo el año, ofreciendo dos espectáculos completamente diferentes según la estación. En invierno, el paisaje es un lienzo blanco inmaculado de lagos helados y bosques cubiertos de nieve; en verano y otoño, los contrastes de color entre los prados verdes, los bosques dorados y el hielo de los glaciares son de una belleza deslumbrante. El billete estándar de la Rhätische Bahn permite bajar en cualquier estación intermedia para realizar caminatas, comer en Alp Grüm o explorar Poschiavo, y retomar el viaje en un tren posterior con el mismo billete, siempre que se realice en el mismo día. Se recomienda adquirir los billetes o reservar los asientos del tren panorámico con al menos dos meses de antelación si se viaja en temporada alta (julio-agosto y enero-febrero).





